Desgraciadamente -como dice la reciente premio Nobel, Svetlana Alexiévich-, las ideas juegan ahora un papel mucho menos importante en nuestras sociedades que en los siglos XIX y XX. Lo que se impone es la parte material, lo instrumental, lo operativo.

Por eso hoy más que nunca, especialmente por el divorcio ético-generacional en curso, necesitamos desesperadamente personalidades capaces de ofrecer al mundo una nueva visión, sistema, filosofía y valores.

Vivimos en una época llena de información, en la cual todo va más rápido, pero la información no tiene nada que ver con el misterio de la vida humana. Sólo ofrece una mirada superficial. La vida es mucho más compleja que lo procedural.

En muchos países del mundo, especialmente en aquellos que han experimentado grandes convulsiones político-culturales, las personas no consideran que su vida valga la pena ser vivida. Aún estamos aprendiendo a construir las categorías para fundar nuestras neo-instituciones.

Mientras, resulta que gozamos de 20 a 30 años más de esperanza de vida que antes, y todavía no existe una filosofía que dé soporte significativo a este extra, a este nuevo tiempo adicional, casi un 25% más de vida que hace un siglo o dos atrás. Faltan ideas, motivaciones, agenciamientos que ayuden a cubrir este nuevo periodo.

Si queremos sintonizar con las nuevas generaciones, si queremos reinventar la cotidianeidad, si queremos hacer lo mismo de manera distinta, necesitamos crear instituciones, dispositivos y hasta filosofías que den cuenta de este tiempo extra de humanidad con propuestas ágiles, sorpresivas, llamativas y sobretodo “engaging”, y esto vale para todos los rincones de nuestra vida social y personal.

  

2. Consumo conspicuo en la era de Internet 

La expresión “consumo conspicuo” fue acuñada por el  sociólogo Thorstein Veblen, en su obra La teoría de la clase ociosa, en el año de 1889. La frase era ambigua y quería matar dos pájaros de un tiro: por un lado, criticaba la ostentación de los ricos (que está llegando al paroxismo en América Latina); y por el otro, reconocía que la gente como uno utilizaba los bienes y servicios para establecer “la buena reputación”. El estatus es importante en todas las clases sociales (como bien lo teorizó Pierre Bourdieu en La distinción) y formar parte de la familia consumidora está muy relacionado con este estatus.

Inesperadamente, como todo cambia cada vez más rápida y profundamente, el consumo conspicuo que definió gran parte de la cultura material del siglo XX se encuentra en una encrucijada.

En los últimos 10 años, Internet y la omnipresencia de las redes sociales han creado nuevos cauces para comportarse de forma ostentosa. Hace 20 años, una forma habitual de presumir de un estudiante rico era llegar a la universidad en un coche llamativo; hoy, muchos jóvenes creen que es más moderno llegar en bicicleta de alquiler o compartir un Uber.

Después presumen de ello en Internet y así se aseguran de que todo el mundo se entere. Si las experiencias simbólicas pueden comunicarse directamente a través de los canales digitales, ¿para qué molestarse en poseer nada?

Internet ha logrado que el hecho de compartir sea más prestigioso porque lo ha convertido en una experiencia comunicable. En tiempos de Veblen, el estatus estaba asociado a las cosas que algunos tenían y otros no; compartir bienes y servicios no era nada envidiable.

Los alojamientos para turistas como los de AirBnB se han extendido porque aceptar inquilinos ha dejado de ser vergonzoso, sobre todo cuando permite elaborar (y compartir) nuevos relatos de vida. Además, resulta rentable: los dueños que se afilian a la plataforma aumentan sus ingresos (el alquiler medio de un piso de dos habitaciones en Nueva York es de U$S 3.700 al mes).

Uno de los ámbitos más fructíferos para la economía colaborativa ha sido la movilidad. En Estados Unidos los coches están aparcados y sin utilizarse, por término medio, el 95% del tiempo. Cada vehículo compartido podría quitar entre 10 y 30 vehículos privados de las calles.

Sin duda, las cifras podrían dispararse con los vehículos sin conductor e impactar  la vida urbana porque borrarían la distinción entre el transporte público y el privado. El resultado sería una ciudad en la que, en teoría, todo el mundo se trasladaría cuando fuera necesario con la quinta o la décima parte de los coches utilizados actualmente.

La sustitución del consumo individualizado por una economía de experiencias compartidas no será nada fácil, ya que puede ser desastrosa para los fabricantes de bienes tradicionales. Hay que considerar que los nuevos cánones del prestigio benefician a las grandes marcas más que a las pequeñas empresas.

En otro tiempo, compartir conocimientos y experiencias confería un estatus que distinguía a los iniciados de todos los demás. Si Veblen viviera hoy, seguramente aplaudiría que se esté sustituyendo el individualismo por estos intercambios colectivos.

Pero no estamos, ni mucho menos, ante un nirvana tecnológico. La economía colaborativa perturba profundamente los modos de producción actuales, en las ciudades puede llegar a destruir el pequeño comercio y en lugar de enriquecer nuestra cultura, puede empobrecerla.

Lo cual significa que debemos aprender a compartir bien. Internet, las grandes bases de datos y los dispositivos móviles constituyen el comienzo de un nuevo drama que no estaba en el libro de Veblen. El drama de ser conspicuos prescindiendo del consumo.

 

3. El colapso de los mercados masivos 

Así las cosas, es más que probable que los mercados de consumo masivo que han sido la constante (y el deseo) de generaciones de ciudadanos en los últimos siglos, puedan colapsar de un momento a otro.

Mientras, la macroeconomía se vuelve cada vez más volátil y los riesgos de crisis sistémica no hacen sino aumentar significativamente. La paradoja está a la hora del día. Mientras que el PBI mundial crece sistemáticamente hasta llegar al asombroso número de U$S 100 billones (incluyendo la economía formal y la que está en los paraísos fiscales), su distribución no hace sino empeorar.

En tanto un porcentaje pequeño de la población mundial vive opíparamente, enormes masas de ciudadanos ven empeorar sus bolsillos y sus condiciones de vida. Las fantasías de progreso y mejora constante se desvanecen. Las dos últimas generaciones han vivido por primera vez una peor historia que sus padres.

No hay guerras mundiales ni conflictos masivos como en décadas precedentes, pero 65 millones de personas son perseguidas en sus países y ostentan el rasgo de refugiados.

 

4. Precariedad material, ostentación simbólica

Pivoteando sobre este juego de contrastes, la comunicación juega un rol estratégico. Pobres incomunicados y ricos hipercomunicados. El sentido común ya no se forma con la lectura de libros, y sobretodo de periódicos, sino que es inducido y adoctrinado por las redes sociales.

Para nuestra sorpresa, a pesar de las promesas de neutralidad algorítmica, hemos asistido a varios casos llamativos (especialmente por parte de Google y de Facebook) que han alterado los resultados de búsqueda o que han inducido comportamientos mediante experimentos no autorizados y la  manipulación de mensajes sobre muestras de hasta medio millón de personas con notables  interferencias (imposibles de prever) en la determinación de las conductas sociales.

Este doble juego entre precariedad material e hipercomunicación simbólica puede dar lugar a combinaciones curiosas y peligrosas, pero también potencialmente liberadoras. Son muchos los que nos plantean una era de abundancia sin fin, como catequiza desde hace un tiempo Peter Diamandis.

Para este futurista tecnoptimista, las tecnologías exponenciales, los innovadores DIY, los tecnofilantropistas como él mismo y los millones emergentes resolverán nuestros principales problemas en el territorio del agua, la alimentación, la energía, la salud, la educación y la libertad, como la obra de gigantes como Larry Page, Stephen Hawking, Dean Kamen, Daniel Kahneman, Elon Musk, Bill Joy, Stewart Brand, Jeff Skoll, Ray Kurzweil, Ratan Tata, Craig Venter, no dejaría sino de ejemplificar.

Aunque tanto optimismo nos parece sospechoso, el hecho de que una economía del acceso (Rifkin) sustituya a la de la apropiación y que la comunicación simbólica le saque ventaja a las posesiones materiales como mecanismos de distinción, también permite augurar un futuro no sólo posible, sino deseable.

Oscilando entre estas varias lecturas y propuestas, si algo queda en claro es que el futuro es más incierto que nunca, pero correlativa -e inesperadamente- nuestras posibilidades de diseñarlo son enormes. En momentos de desasosiego y simplismo conceptual como los que prevalecen hoy, especialmente en América Latina, distinciones como las aquí propuestas sirven de atractores y movilizadores frente a nuestra tentación de quedarnos atrapados en el infierno del pasado inmutable y condenatorio de la especie humana.

 

Referencias

Bourdieu, Pierre. (2012). La distinción. Criterios y bases sociales del gusto. Madrid: Taurus.

Diamandis, Peter. (2014). Abundance. The future is better than you think. New York: The Free Press.

Rifkin, Jeremy. (2000). La era del acceso. La revolución de la nueva economía. Barcelina: Paidós Ibérica.

Veblen, Thorstein. (2008). Teoría de la clase ociosa. Madrid: Alianza Editorial.