Las Olimpiadas son un evento que se celebra cada cuatro años y moviliza a muchos más países y equipos que un mundial de futbol. Cuando solo 32 países tomaron parte de la Copa del Mundo FIFA 2014, 205 enviaron a más de 10 mil atletas a las Olimpíadas compitiendo en 42 disciplinas y en más de 300 eventos para obtener medallas.

Por eso asistimos en estos días a pujas en las disciplinas más previsibles como algunos partidos de básquet, fútbol o natación, hasta el lanzamiento del martillo y la jabalina, el ping pong en dobles, atletismo de todas las longitudes, salto en alto y con garrocha, pasando por taekwondo, fútbol femenino, halterofilia (levantamiento de pesas), aguas bravas, rugby 7 y varias más.

La televisión nos llenó la cabeza con el maravilloso equipo de atletismo de USA (con la diminuta y mágica Simone Biles a la cabeza), y vimos sorpresas inesperadas como la de la española Carolina Marín que ganó la medalla de oro en Bádminton, la de Aurelie Muller una nadadora que hundió a una rival al llegar; Shaunae Miller de Bahamas corredora que se tiró en palomita y aun así ganó el oro de los 400m llanos, para no hablar de las brasileñas descalificadas por haberle hecho caer el testigo a la posta norteamericana de 4 x 100m, que además calificó corriendo contra sí misma bajo el abucheo implacable del público local.

Descubrimos categorías y atletas que hasta llegaron a ganar un oro como los argentinos Santi Lange y Ceci Carranza en regatas categoría Nacra 17, que ignorábamos supinamente, festejamos el sainete de los nadadores norteamericanos que quisieron esconder su borrachera y pendencia con un prepotente guardia local y todo terminó en una comedia de arrepentimientos ficticios.

Vimos a monstruos como a la joven nadadora estadounidense Katie Ledecky, la increíble reinvención edulcorada de Michael Phelps y sus 23 medallas de oro en cuatro olimpíadas consecutiva a manos de los medios, con más planos en la TV de su mujer una ex Miss USA y de su hijo, que del mismo monstruo que terminó perdiendo su carrera favorita de 100m mariposa a manos de Joseph Schoolin un gordito de Singapur, con quien se sacó una foto desde las alturas del Olimpo una década atrás.

Hubo shows como el de la nadadora china He Zi quien ganó una medalla de oro, a quien su novio saltador Qin Kai le pidió matrimonio en la final de saltos de natación. Vimos al autosuficiente Usain Bolt ganar todas sus pruebas, pero sin poder mejorar ninguna de sus marcas demostración de que el cuerpo a los 30 años ya dice basta.

Vimos muchísimas eliminatorias y finales que apenas bordearon los récords olímpicos y menos aún los mundiales, y asistimos a una interminable seguidilla de saltos, carreras, juegos, y ocasionales expulsiones por los motivos más previsibles (sexo loco; alcohol) y otros no tanto, la negación de un saludo entre un judoka egipcio y un israelí, por ejemplo.

Quizás no hubo nada tan emotivo como la derrota del equipo de USA de Beach Volley en semifinales ante el combinado local formado por Agatha y Barbara, que lamentablemente no pudieron hacer nada frente a las alemanas en la final.

Y ningún tema fue más controversial que la consagración de Caster Semenya, la atleta sudafricana que saltó a la fama cuando con apenas 18 años ganó los 800 metros del Mundial de Berlín, y que desde ese momento tuvo sobre sus hombros el peso de la sospecha de ser un hombre. La sudafricana cumplió los pronósticos y se impuso en los 800 metros en Río. Su cuerpo genera niveles de testosterona similares a los de los hombres (hiperandrogenismo), abriendo un debate ético y científico sobre la ventaja genética que tiene su cuerpo.

Contra nuestras expectativas y salvo algún detalle y un poco de caos al principio, los juegos se llevaron a cabo con notable profesionalismo y éxito, cuando hace un mes eran muchos los que pedían a grito suspenderlos.

Mientras, Brasil dejó de ser el cambalache político en el que ha devenido, para convertirse en el centro del circo mundial de los deportes. Y aunque seguramente no hay allí el mismo nivel de corrupción que en el fútbol (como acaba de mostrarlo en mucho detalle John Carlin), probablemente se cuecen tantas habas en las Olimpíadas, que más allá de la buena voluntad de la mayoría de los atletas (¿salvo los rusos que usaron a la KGB para adulterar los controles de doping?) lo que primó en estos juegos olímpicos fue el negocio.

No vamos a hacer filosofía del deporte barato pero queremos tan solo hacer tres comentarios generales acerca de este espectáculo deportivo.

Uno fue el llamamiento a que no endiosemos a los atletas, que cada vez más son formateados en factorías y cuyo ejemplo no tiene casi nada de heroico y menos de modelo para que los chicos del futuro puedan cumplir con la máxima trillada del Baron de Coubertin (reinventor de las Olimpíadas Modernas en 1896 en Atenas) para quien la "mens sana" emerge tan solo en los "corpores sanos".

La otra es que en un mundo en donde nos despedazamos a cañonazos, misiles y drones, donde mientras algunas multitudes (porque eran tan caros los asientos en Rio, que muchos juegos se vieron desde gradas semivacías), exteriorizaban un nacionalismo bastante sano (salvo alguna estúpida trifulca entre hinchas argentinos y brasileños), que la lucha entre nacionalismos se sublime deportivamente no es un dato menor y nos llena de alegría.

Quizás sean las competencia deportivas (mundiales de fútbol incluidos) el único lugar en donde nos parece que vale la pena reivindicar nuestra identidad nacional, "competir" por nuestro país y revalorar el único refugio de la mismidad que es el deporte, frente al aplanamiento total de todas las creencias e idiosincracias promovidos por la globalización y el capital trasnacional.


Una tercera reflexión más de fondo, es que el negocio aparece en todos los rincones y muy especialmente en los más llamativos como fueron los colores de la cancha, los equipos y las bolas (como bien ejemplifica The Economist). Esos colores chillones son inevitables y necesarios si queremos que el espectador preste atención frente a un zapping frenético e irresponsable, que rige el consumo de TV desde hace años.

Demostró la hipercomercialización del evento -entre tantos otros ejemplos- la maratón femenina que se corrió a las 9 de la mañana con un sol que ya rajaba la tierra, y que dejó en el camino a decenas de corredoras porque a la TV le convenía ese horario. ¿Y qué decir de la prohibición (incumplible) de no sacarles fotos a los jugadores patrocinados y subirlas a las redes sociales?

Pero todo lo anterior empalidece frente a los análisis de Andrew Zimbalist quien reveló que el resultado neto de los Juegos Olímpicos de Río habrá demandado una inversión de 20.000 millones de dólares, solo recibirá 4500 millones en ingresos y acabará con un déficit de 15.000 millones.

Los países gastan sumas monumentales de dinero en estos eventos y es frecuente que no recuperen mucho. Rusia gastó 50.000 millones de dólares en los Juegos de Sochi, y China gastó 40.000 millones en las Olimpíadas de Verano de 2008 en Pekín. Según Zimbalist, se estima que Rusia sólo recuperó 2500 millones de los 50.000 millones que gastó.

Como comenta Andrés Oppenheimer las Olimpíadas de Río de Janeiro fueron el producto de las ansias de grandeza del ex-presidente brasileño Lula. En 2009, en el cenit del boom económico de Brasil impulsado por los precios de las materias primas, Lula movió cielo y tierra para que el país fuera la sede olímpica como parte de su campaña para convertirse en un líder mundial. Fue algo parecido a lo que hizo el presidente ruso Vladimir Putin con los Juegos de Sochi.

Se trata de un precio demasiado alto que nuestros países endeudados y conflictivos deben pagar para que solo la clase media y alta participe de este pan y circo, mientras las increíbles deudas contraídas por la espectacularización, es finalmente pagado entre todos. Contradicciones previsibles en un mundo desigual e inequitativo que hemos diseñado por acción u omisión.

Referencias

Carlin, John “El negocio del futbol, en llamas” El País Semanal n 2081, 14/08/2016 http://elpaissemanal.elpais.com/documentos/el-negocio-del-futbol/

Oppenheimer, Andrés “Río de Janeiro, ¿un desastre olímpico?” La Nación,  9/6/2016.http://www.lanacion.com.ar/1926104-rio-de-janeiro-un-desastre-olímpico

The Economist “Why sport has become so colourful” Aug 18th 2016, http://www.economist.com/blogs/economist-explains/2016/08/economist-explains-16

Zimbalist, Andrew  Circus maximus: el negocio económico detrás de la organización de los juegos olímpicos y la copa del mundo. Madrid, Akal, 2016