A esta última cifra había que sumar las producciones de los canales en abierto y las generadas por los nuevos jugadores que se están sumando a esta ecuación (Netflix, Amazon, Hulu, Apple TV, Chromecast, PlayStation, Roku, Wii and Xbox). La industria de la producción de series vive su momento áureo, conocido como “tercera edad dorada de la televisión”.

Esta explosión seriéfila ha llevado a muchos a plantearse si estamos viviendo dentro de una burbuja que terminará por desinflarse con un frenazo en la producción, incluso, si es asumible por los espectadores tal cantidad de ficción televisiva. El boom de las series ha coincidido con el cambio en el modelo de consumo por parte de los espectadores. Queremos elegir lo que vemos, cómo lo vemos y cuándo lo vemos.

El aumento de la oferta cuantitativa de series ha provocado una mayor fragmentación de la audiencia. Hay series para todos: para los fans de los superhéroes como Gotham, Flash, Arrow o los Agentes de S.H.I.E.L.D; de las comedias románticas; de las historias policiales; de los zombis, con The Walking Dead a la cabeza, y de los culebrones como Revenge.

Esta explosión de series ha diversificado enormemente la oferta, ha creado una cantidad importante de nichos, ha permitido satisfacer una variedad muy amplia de gustos y hasta ha abierto la posibilidad de darnos el lujo de tener como “éxito” a series vistas en el mercado de USA por sólo un par de millones de espectadores, cuando los números del éxito en directo están más cercanos a los 10/12 millones y Mash fue la serie más vista de la historia con 100 millones de espectadores en promedio y 125 en su capítulo de despedida, en 1973.

Esta proliferación también nos lleva a hacernos una pregunta obligada: ¿La calidad tiene límites? Una pregunta (que va más allá de las series y se aplica a la cultura entera) que nos llevaría a hablar de un exceso de series.

Con el vendaval de títulos que llegan desde Estados Unidos con cada nueva temporada, los espectadores nos vemos obligados a elegir. Como bien dice Marina Such, autora del blog sobre series: “El diario de Mr. MacGuffin”, es probable que esta burbuja seriéfila pueda equipar la afición por las series con el mercado de los libros. Es imposible que leamos todos los libros buenos que se editan (ni siquiera el 1% de los 360 000 títulos anuales que se publican en USA) y cada vez será más improbable que todos hayamos visto las mismas series.

¿Los fanáticos de las series tenemos la sensación de que hay demasiadas? ¿Nos damos abasto para ver todas las series que nos recomiendan en las conversaciones de nuestros círculos de amigos y todas las que los blogs, medios y redes sociales señalan como imprescindibles?

Después de casi 20 años ininterrumpidos de producción seriéfila in crescendo, ¿tendrá asidero la temeraria observación del presidente del canal estadounidense FX, John Landgraf, sobre que ya hemos ingresado en la era de la Peak TV, es decir, demasiadas series, en cuanto a producción de ficción por capítulos?

Si hace 20 años nos vanagloriábamos del pasaje del broadcasting al narrowcasting, y hasta avizorábamos el singlecasting, ese día ya ha llegado, pero contrariamente a la expectativa de que un consumo a medida sería de baja calidad y tan errático y simplón que se caería de la estantería cultural, lo que vemos es un consumo de nichos de calidad creciente.

Hace pocas décadas podíamos presumir de no ver televisión. La falta de ese aparato en el hogar era una prueba de intelectualidad y progresía, de espíritu rebelde e ilustrado. Hoy las cultos y poderosos no paran de citar Juego de Tronos, Mad Men, House of Cards, Orange Is the New Black o Homeland. La conversación global gira cada vez más en torno a estas ficciones muy cuidadas, de personajes complejos y guiones llenos de dilemas éticos, con la factura ambiciosa que antes se reservaba el cine.

Emily Nussbaum definió esta era televisiva en unos tweets geniales como "La época caramelo", con series perfectas para consumir en forma de maratón, "sugestivamente diversas" y que permiten la "celebración por igual de comedia, melodrama y géneros diversos". En definitiva, series menos preocupadas por el prestigio y más centradas en ser apetecibles para un determinado tipo de público.

 

Esta situación de sobrepoblación seriéfila hace que sea más complicado que una novedad destaque y que haya más posibilidades de que el espectador se pierda pequeñas joyas ocultas en la marea. En definitiva, más variadas y mejores producciones televisivas llegan a través de diferentes plataformas. Las series se expanden y multiplican.

La era del pico de la televisión tiene ventajas y desventajas para los seriéfilos. Si hemos tenido que aprender a ser más selectivos, también hemos tenido  que cambiar la forma en la que hablamos de las series.

Pero no se trata tan solo del crecimiento exponencial de la cantidad de series (con la dificultad atencional que ello supone, ya que su densidad y complejidad hace imposible el zapping o la compresión), ni de los supuestos límites epistemológicos que le pondrían a nuestra sed de consumo una variedad excesiva que podría degenerar en trivia, sino de algo mucho más amplio y difícil de cernir; a su vez, “la televisión ha alterado de forma definitiva el debate cultural”, como bien decía David Carr.

Grant McCracken, antropólogo y autor de obras notables como “Culturonomics y “Chief Culture Officer, estudió la percepción del comportamiento televisivo en asociación con Netflix y dice, con razón, que “la TV es hoy mejor que nunca”. Hemos mejorado exponencialmente nuestra capacidad de ver (decodificar, entender, transferir, valorar) los contenidos televisivos. 

Y si Malcolm Gladwell insistía en que necesitamos 10 000 horas para ser buenos en algo, considerando que si a los 8 años ya hemos visto esa cantidad de TV, imagínense lo sofisticados que podemos llegar a ser al momento de consumir televisión de calidad.

Una enorme serie de neologismos y nuevos vocablos acompañan estas mutaciones: social watching, long form, bingewatching, TV analytics. Un inesperado círculo virtuoso emerge con rucas consecuencias: “As TV got better, viewers got smarter, and as viewers got smarter, TV got better,” (McCracken).

Pero ahora, se trata de imaginar otros escenarios posibles; no sólo de consumir, sino de producir televisión; no sólo de apostar por la neo-televisión como a un espacio de denuncia social, sino como un ámbito de mejora de la expresión.

Referencias

Cascajosa Virino, Concepción. La cultura de las series. Barcelona, Laertes, 2016.

Johnson, Steven. Everything good is bad for you. How Today's Popular Culture is Actually Making Us Smarter. New York, Riverhead, 2005.

Jost, Francois. Los nuevos malos. Cuando las series estadounidenses desplazan las líneas del bien y del mal. Buenos Aires, Libraria, 2016.

Martin, Brett. Difficult men. Behind the Scenes of a Creative Revolution: From The Sopranos and The Wire to Mad Men and Breaking Bad. New York, Penguin Books, 2014.

Neira, Elena. La otra pantalla: redes sociales, móviles y la nueva televisión. Barcelona, UOC, 2016.

Piscitelli, Alejandro. Post-Televisión. Ecología de los medios en la era de Internet. Buenos Aires, Paidós, 1999.